Hace tiempo que tengo miedo de creer saber, de poder sentir. Hace tiempo que quien supo y sintió decidió callar, y quien no sabía ni había sentido, decidió plantarse.

Habitamos, o más bien creemos habitar, una ciénaga de aguas estancadas, un tiempo en que todo lo bueno parece ya creado y sublimado durante generaciones. La realidad nos atrofia la capacidad de abstracción. Los festivales premian las obras más críticas y duras con la sociedad de nuestros días, ensalzan aquellas otras que hablan de las injusticias pasadas. La imaginación pasó a mejor vida en los textos que quedaron enfundados como mitos en los estantes de las bibliotecas, esos lugares que ya sólo se visitan para estudiar exámenes sin distracciones y con apuntes propios. Los libros, allá arriba, suspiran cada tarde que pasan sin ser abiertos, sus tapas crujen y las hojas ceden un poco más, bajo el polvo amarillo del tiempo.

He oído, en los autobuses, risas a costa de quien cree saber y así lo hace saber, pues le pueden sus modales afectados. He oído también risas en algún café, pues quien siente y, sin filtros, lo manifiesta sólo actúa como vulgar teatrero. Yo misma he comprendido esas risas y, aún más, las he practicado. Y no es que crea saber más que el afectado ni sienta mejor que el teatrero, sino que jamás comprendí cómo decirlo en alto podría salvar ese saber o ese sentir sin despojarlo de significado auténtico ni mostrarlo ya convertido en objeto de burla; pues el saber dicho a voces peca siempre de presuntuoso y el sentir sin filtros siempre ha sido desestimado. No ofrezco una solución fácil al sinsentido que propongo, pues tampoco callar es forma de resolver el problema, pero hay un método que nunca erró en su manifestación del saber o el sentir en esos aspectos, pues no deja lugar a dudas sobre el origen de su contenido, fruto de un momento irrepetible, merecedor de alabanzas o desprecio a posteriori, pero al menos ahí quedó. Este método es la escritura.

Escribir siempre es torrente al principio, cauce que fluye tal cual se sabe o se siente, pero luego llega la corrección, como un estuario, a soliviantar todas las erratas a las que el directo pasaría la mano. La autocensura y la magnanimidad del autor con su propia creación, hasta que lo vertido se trata dos, tres y veinte veces, y en la tranquilidad final de quien indudablemente, supiera o no, sintiera o no, ha vivido, se muestra al mundo en su desembocadura. No son objetos de reproche entonces las formas ni el motivo de cómo todo aquello llegó adonde llegó, pues ha llegado y bienvenido sea. Si es digno, pasará, si no tampoco nos molestará demasiado rato.

Es entonces cuando me pregunto, cómo es posible que lo que llegó a esa desembocadura, eso que alguien eligió en su momento callar sabiamente y contuvo el aliento para no sentir en alto, sino que meditó y vertió y corrigió veinte veces. Cómo algo que maceró así, y esperó, y luego llegó adonde llegó, fuera digno o no, puede al fin no ser tratado como objeto de respeto cuando se muestra al mundo. Cómo algo que alguien creó sólo porque creyó saber o supo sentir, y supo y sintió con fuerza sin lugar a dudas, pues decidió guardarlo y madurarlo en soledad, es ahora considerado digno de leer en alto sólo si produce un beneficio a cambio, sólo si algunos -que tal vez nunca supieron ni sintieron jamás, o al menos no callaron ni corrigieron sus erratas- deciden que no es legal, por fin, poder decirlo en alto de manera gratuita, tal y como podría haber sido dicho en un primer momento, a riesgo de contener esas erratas y de sufrir aquellas risas del directo.

Es mi propósito que nunca muera el poeta que pudo habitar esta ciénaga, que crearía ríos que correrían en pendiente, lejos del estancamiento global. Es por eso que si escribo todo esto no es para hacerme la importante o la sabia, ni mucho menos porque piense que es digno leerlo en voz alta, sino porque me duele ver hasta qué punto puede llegar a retroceder el pulso en las venas, cómo desaparece el carácter de los que aún no han vivido, cómo crece la ignorancia de los que jamás creyeron en la juventud del espíritu. Es por eso que escribo esto, porque no es justo que nos traten como a tontos, que miremos a los de nuestro bando por encima del hombro y nos crucemos de brazos ante los que nos cortan las alas.

 

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